Tres días después, salí hacia la terraza de nuevo, pero esta vez con mi mochila lista y esperando a que mi tía aliste sus cosas para poder largarnos de una vez de la casa. Estaba sucio, cansado y malhumorado. Mi tía gritaba sin cansarse; Francisco y yo esperábamos ahí listos mientras Gonzalo hacía lo posible por callar a su madre.
Lía había sido distinta después de aquella noche. Había sido indiferente, había sido distante, había estado callada a tal punto que me confundió de una manera descomunal y frenética. Incluso llegué a hablar con ella, y su excusa fue que yo soy muy “meloso”. ¿Qué chucha significaba eso? Un día antes me había dicho que amaría que yo fuera cariñoso y meloso con ella.
Tanta fue la confusión que me acosó que decidí que era un mal negocio intentar establecer alguna relación oficial con ella.
- Oye, ¿le vas a hablar a Lía?
Francisco se oía curioso.
- No.
Mientras le respondía, hice un ademán con los dedos que causó que mi amigo se riera. Sonreí, pero por dentro seguía molesto con el día, con el amor.
Y me di cuenta de que parecía una de esas viejas canciones que son por lo general buenas; pero que se repiten tanto que comienzan a molestar. Todo era una vieja canción de amor; mientras mi tía manejaba hacia Lima y a pesar de tener un clasicaso de Queen sonando en la radio, lo bohemio en la rapsodia de mi vida me gritaba a través del motor del auto: “Ha pasado otra vez. Te disparaste en los pies por huevón. No quisiste ilusionar, y acabaste ilusionado sin remedio alguno”.
Sin embargo, algo en lo profundo de mi mente me decía que algo había que rescatar de aquel fin de semana. No tenía ganas de averiguar qué era, así que me dormí en el camino. Mis propios ronquidos me despertaban, pero dormí de todas maneras. Me hacía falta después de la otra bomba que me había metido para olvidar, aunque sea por un segundo, la tristeza que me jodía tanto.
Monday, January 4, 2010
The Girl You Knew The Night Before
Esa mañana desperté como un saco de plomo; golpeado, caído, arrastrado, y estaba tan borracho como ayer. A mi lado dormía una preciosa mujer; miré con cautela, pero a la vez con temor, y me alivié al ver que tenía la ropa puesta. Tambaleándome logré salir del cuarto hacia la cocina para comer algo; pero no había nada en la refrigeradora.
Resignado a no tener desayuno, salí a la terraza de la casa de mis abuelos en San Bartolo a respirar aire fresco; no podía volver a dormir. Mientras subía las escaleras tropecé, y me golpeé con la puerta de madera que daba al exterior.
- ¡MIERDA! ¿¡QUIÉN ESTÁ DESPIERTO A ESTA HORA!?
Evité hablar con mi tía y me arrastré hacia la terraza sobándome la cabeza; aquello habría de convertirse en un buen chichón.
Tenía frente a mí una vista excelente de la bahía de San Bartolo Sur, de un lado al otro del malecón Grau. Las complicadas construcciones en el largo cerro colindante con la casa opacaban la simpleza de la playa; algún día habrían de terminar con toda la belleza del mar, o simplemente quedar ahí, ocultando a las casas vecinas que, a pesar de viejas, pertenecían ya a la naturaleza Sanbartolina que tanto nos encantaba a mí y a mi primo. Era cuestión de tiempo.
Mientras veía esto, pensaba.
Lía era una chica preciosa. A pesar de haberla conocido recién el día anterior, no había dudado en besarla cuando tuve la oportunidad, y así se pasó la noche: en agarres. Sin embargo, sabía que no querría estar con ella luego de este fin de semana, así que le dejé en claro que así sería; sin embargo, tras su insistencia, le dije para estar.
- Lía… ¿Quieres estar conmigo hasta el domingo?
- Sí.
Lía respondió con una hermosa sonrisa. Ese tipo de sonrisas de las que no me aguanto y no dudo en atacar con un beso.
El recuerdo de esa sonrisa me impulsó a entrar al cuarto, acostarme a su lado y besarla suavemente en los labios. Murmuró algo parecido a un “hola”, reí por lo bajo y, sorprendentemente, volví a dormir.
Resignado a no tener desayuno, salí a la terraza de la casa de mis abuelos en San Bartolo a respirar aire fresco; no podía volver a dormir. Mientras subía las escaleras tropecé, y me golpeé con la puerta de madera que daba al exterior.
- ¡MIERDA! ¿¡QUIÉN ESTÁ DESPIERTO A ESTA HORA!?
Evité hablar con mi tía y me arrastré hacia la terraza sobándome la cabeza; aquello habría de convertirse en un buen chichón.
Tenía frente a mí una vista excelente de la bahía de San Bartolo Sur, de un lado al otro del malecón Grau. Las complicadas construcciones en el largo cerro colindante con la casa opacaban la simpleza de la playa; algún día habrían de terminar con toda la belleza del mar, o simplemente quedar ahí, ocultando a las casas vecinas que, a pesar de viejas, pertenecían ya a la naturaleza Sanbartolina que tanto nos encantaba a mí y a mi primo. Era cuestión de tiempo.
Mientras veía esto, pensaba.
Lía era una chica preciosa. A pesar de haberla conocido recién el día anterior, no había dudado en besarla cuando tuve la oportunidad, y así se pasó la noche: en agarres. Sin embargo, sabía que no querría estar con ella luego de este fin de semana, así que le dejé en claro que así sería; sin embargo, tras su insistencia, le dije para estar.
- Lía… ¿Quieres estar conmigo hasta el domingo?
- Sí.
Lía respondió con una hermosa sonrisa. Ese tipo de sonrisas de las que no me aguanto y no dudo en atacar con un beso.
El recuerdo de esa sonrisa me impulsó a entrar al cuarto, acostarme a su lado y besarla suavemente en los labios. Murmuró algo parecido a un “hola”, reí por lo bajo y, sorprendentemente, volví a dormir.
Subscribe to:
Posts (Atom)
